viernes, 31 de agosto de 2012

El entusiasmo al inicio de la I GM

El entusiasmo al inicio de la Primera Guerra Mundial


El ciudadano medio se maravillaba de ver cómo la guerra hacía que todo pareciese nuevo. La movilización había obligado a Ernst Glaeser, de 12 años, a interrumpir sus vacaciones en Suiza. Cuando su tren cruzó la frontera, “de todas las ciudades y de todos los pueblos se alzaban gritos de júbilo. Estaba deslumbrado. El mundo parecía transfigurado.” Una Alemania más íntima se había revelado a la vista de todos. “Tienes que ver esto”, exclamó llena de entusiasmo Johanna Boldt en Hamburgo. “El patriotismo de nuestro edificio, el número 88 y 86 de la Hohenluftchaussee. Todo cubierto de banderas y estandartes, (…) hasta nuestra pequeña Edith ha sacado por la ventana una bandera de 10 centavos. (…) ¡Qué entusiasmo! ¡Qué alboroto! Algo, querido, que deberías haber visto”, informa Johanna a su marido en una carta. Esta camaradería era algo notable porque era percibida como un fenómeno sin precedentes.
Fritzsche, De alemanes a nazis (1914-1933)

En aquellas primeras semanas de guerra 1914 se hacía cada vez más difícil mantener una conversación sensata con alguien. Los más pacíficos, los más benévolos, estaban como ebrios por los vapores de sangre. Amigos que había conocido desde siempre como individualistas empedernidos e incluso como anarquistas intelectuales, se habían convertido de la noche a la mañana en patriotas fanáticos y, de patriotas, en anexionistas insaciables. Todas las conversaciones acababan en frases estúpidas como: «Quien no es capaz de odiar, tampoco lo es de amar de veras», o en rudas sospechas. Camaradas con los que no había discutido en años me acusaban groseramente diciéndome que yo ya no era austríaco, que me fuera a Francia o a Bélgica. Más aún: insinuaban con cautela que se debía informar a las autoridades de opiniones como la de que aquella guerra era un crimen, porque los défaitistes (esta bella palabra acababa de ser inventada en Francia) eran los peores criminales contra la patria.
Sólo había una salida: recogerse en sí mismo y callar mientras los demás delirasen y vociferasen. No era fácil, porque ni siquiera vivir en el exilio —y yo lo he conocido hasta la saciedad— es tan malo como vivir solo en la patria
Stefan Zweig El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, El Acantilado, 2001.


Durante los calurosos días de finales de julio, yo estaba en Cambridge, discutiendo la situación con todo el mundo. Consideraba imposible creer que Europa estuviese tan loca como para precipitarse a la guerra, pero yo estaba convencido de que, si llegaba a haber guerra, Inglaterra se vería involucrada. Yo deseaba vivamente que Inglaterra permaneciera neutral, para lo que recogí firmas de un amplio número de profesores y compañeros para una declaración que, a tal efecto, apareció en el Manchester Guardian. El día que la guerra fue declarada, casi todos ellos cambiaron de pensar. Eché la tarde paseando por las calles, especialmente en las cercanías de Trafalgar Square, observando a un entusiasmado gentío que me hacía a mí mismo sensible a tales emociones. (...) Yo había supuesto ingenuamente lo que la mayoría de los pacifistas afirmaban: que las guerras eran una imposición de gobiernos despóticos y maquiavélicos sobre una población que las rechazaba. (...)”
Bertrand Russell. Autobiografía.

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