El
ciudadano medio se maravillaba de ver cómo la guerra hacía que todo
pareciese nuevo. La movilización había obligado a Ernst Glaeser, de
12 años, a interrumpir sus vacaciones en Suiza. Cuando su tren cruzó
la frontera, “de todas las ciudades y de todos los pueblos se
alzaban gritos de júbilo. Estaba deslumbrado. El mundo parecía
transfigurado.” Una Alemania más íntima se había revelado a la
vista de todos. “Tienes que ver esto”, exclamó llena de
entusiasmo Johanna Boldt en Hamburgo. “El patriotismo de nuestro
edificio, el número 88 y 86 de la Hohenluftchaussee. Todo cubierto
de banderas y estandartes, (…) hasta nuestra pequeña Edith ha
sacado por la ventana una bandera de 10 centavos. (…) ¡Qué
entusiasmo! ¡Qué alboroto! Algo, querido, que deberías haber
visto”, informa Johanna a su marido en una carta. Esta camaradería
era algo notable porque era percibida como un fenómeno sin
precedentes.
Fritzsche,
De alemanes a nazis (1914-1933)
En
aquellas primeras semanas de guerra 1914 se hacía cada vez más
difícil mantener una conversación sensata con alguien. Los más
pacíficos, los más benévolos, estaban como ebrios por los vapores
de sangre. Amigos que había conocido desde siempre como
individualistas empedernidos e incluso como anarquistas
intelectuales, se habían convertido de la noche a la mañana en
patriotas fanáticos y, de patriotas, en anexionistas insaciables.
Todas las conversaciones acababan en frases estúpidas como: «Quien
no es capaz de odiar, tampoco lo es de amar de veras», o en rudas
sospechas. Camaradas con los que no había discutido en años me
acusaban groseramente diciéndome que yo ya no era austríaco, que me
fuera a Francia o a Bélgica. Más aún: insinuaban con cautela que
se debía informar a las autoridades de opiniones como la de que
aquella guerra era un crimen, porque los défaitistes (esta
bella palabra acababa de ser inventada en Francia) eran los peores
criminales contra la patria.
Sólo
había una salida: recogerse en sí mismo y callar mientras los demás
delirasen y vociferasen. No era fácil, porque ni siquiera vivir en
el exilio —y yo lo he conocido hasta la saciedad— es tan malo
como vivir solo en
la patria
Stefan
Zweig El
mundo de ayer. Memorias de un europeo,
Barcelona, El Acantilado, 2001.
“Durante
los calurosos días de finales de julio, yo estaba en Cambridge,
discutiendo la situación con todo el mundo. Consideraba imposible
creer que Europa estuviese tan loca como para precipitarse a la
guerra, pero yo estaba convencido de que, si llegaba a haber guerra,
Inglaterra se vería involucrada. Yo deseaba vivamente que Inglaterra
permaneciera neutral, para lo que recogí firmas de un amplio número
de profesores y compañeros para una declaración que, a tal efecto,
apareció en el Manchester Guardian. El día que la guerra fue
declarada, casi todos ellos cambiaron de pensar. Eché la tarde
paseando por las calles, especialmente en las cercanías de Trafalgar
Square, observando a un entusiasmado gentío que me hacía a mí
mismo sensible a tales emociones. (...) Yo había supuesto
ingenuamente lo que la mayoría de los pacifistas afirmaban: que las
guerras eran una imposición de gobiernos despóticos y maquiavélicos
sobre una población que las rechazaba. (...)”
Bertrand
Russell. Autobiografía.
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